Palabras Mayores

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1/20/2006

Un meneo al "Moneo"


Nuestro prolífico Fernando, el de la barba cumplida, cual nuevo Cid ha desenvainado de nuevo su particular Tizona, y se ha liado a mandobles con el Moneo. Diríase, que como el caballero castellano, se ha sentado a lomos de su jubilación, y está dispuesto a ganar batallas, una vez terminada su vida (?)...profesoral. Lo mismo le dan penas/penes que glorias, o edificios "emblemáticos".

Así que, me he atrevido, sin previo permiso, a trasladar a este "cuaderno de bitácora", que señala la derrota (rumbo, sin rumbo) de este barco que lleva como insignia "P.M."

Este es el meneo al Moneo:

(Breve romance dedicado
a nuestro Cid Campeador)

"Helo, helo por do viene
el infante vengador,
caballero a la jineta
en un caballo corredor..."

(Romancero antiguo)


Sépanlo, vuestras Mercedes,
Éste esnuestro Cid,¡Fernandorrr!,
barba longa e complida,
de Moneos, debelador.
Luchador en mil batallas,
casi siempre perdedor.
Las victorias no le importan,
si desvela al impostor.
Ni relojes , ni mandangas,
¡a por ellos, Campeador ,
Nuestro Cid, Quijote nuestro,
alancea al Inspector!
Hoy moneos, molinos antes,
son los mismos, vengador.
No pares, no cejes, sigue,
en teles, en periódicos,
que se oiga, alto, tu voz.

Ganar batallas no importa,
si se siembra corazón.

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¿Moneo?, un circo, por favor

FERNANDO LLORENTE/

Dos son los temas que en los últimos días están dando que hablar en corros de plaza, barras de bar y páginas de periódico. Uno es de carácter más bien local; el otro, de alcance más bien regional, si bien localizado en la capital. Los dos tienen nombre de edificio. Uno, la lonja; el otro, el Moneo. Acerca del primero ya ha puesto Alberto Pico, párroco del Barrio Pesquero, a cada quien en su sitio en toda una página de este Diario, con el fin de que dejen en el suyo, que es el que le corresponde, al santo y seña de un barrio que en su día fue apartado de la ciudad, pero ya desde hace un tiempo integrado en ella, por mor de su crecimiento.

¿Y del Moneo, qué? Ojalá se pudiera decir: 'del Moneo, ná'. Pero no, la ciudadanía está enfrascada, firmas mediante, en el debate -esta palabra y lo que significa está cada día más devaluada, gracias a tanto tertuliano y sus imitadores- sobre dónde ubicarla, no queriendo nadie verse afectado por los inconvenientes de su cercanía: los más sinceros, alegando las molestias que ya les están ocasionando antes -sólo de pensarlo- y las que les ocasionará mientras -ruido y suciedad a destajo, día y noche- y después -tanto ir y venir, sin saber muy bien para qué, de coches y sus ocupantes-; otros, más cínicos, so pretexto de razones de estética urbana, como si Santander, tras el incendio de 1941, se hubiera erigido en un modelo urbanístico a seguir.

Es decir, que nadie pone en cuestión, no ya la necesidad, sino siquiera la conveniencia de ese edificio, al que ya se le elogia como emblemático, que es lo que se suele decir de aquello acerca de lo cual no se puede decir mucho más con sentido fiable. En un momento determinado de nuestra historia reciente, y por razones de estrategia política, encaminada a atemperar la arrogancia de comunidades con entidad histórica y lingüística, se generó artificialmente, a modo de un coma inducido, un sentimiento autonómico en poblaciones que de repente se vieron eligiendo, en una hemorragia de democracia, a sus gobiernos, además de elegir al de todos. Y de pronto se despertaron vocaciones políticas por doquier. Si antes, en plena posguerra, los jóvenes se veían obligados, sin vocación sacerdotal alguna, a sobrevivir unos años en un seminario hasta completar el bachillerato con el que ir saliendo adelante en la vida, en las últimas tres décadas, jóvenes y no tan jóvenes se han descubierto poseídos de una vocación política a la que dedicarse unos añitos para salir aviados.

¿Alguien cree que en las comunidades autónomas deciden sus gobiernos sobre lo esencial? Por formular, a modo de ejemplo no insignificante, una pregunta: ¿hay más industria -tejido industrial dicen ellos- o menos en Cantabria con sus gobiernos? ¿A quién se pretende engañar con proyectos, tan megalómanos como improcedentes, del tipo Moneo?, a quien se deja, por mejor decir, a quien ya está dejado, rendido al conformismo; a todos cuantos dan por bueno, por ejemplo, que se construya un Moneo -porque ya lo han decidido los políticos-, y al tiempo se reivindican a sí mismos discutiendo sobre el lugar en el que debe levantarse la maravilla, todos urbanistas

Pero, ¿no será mucho Moneo para tan poco gobierno? Y digo mucho, sobre cualquier otra consideración, por lo que cuesta, por lo que ya ha costado antes de ponerle la primera piedra.

Ante lo ya pagado a Moneo -¿o por el Moneo?-, a estas alturas ya no sé si nombro a un ser humano o a una fachada de cristales, ah ya, a las dos cosas, caben dos opciones: una es darlo por perdido y no seguir despilfarrando innecesariamente; la otra es seguir gastando lo que falta hasta cubrir el presupuesto, que presumiblemente experimentará un incremento sobre la marcha. Gastarlo, vale, pero constructivamente, tanto en un sentido arquitectónico como en el de procurar alguna satisfacción, de distintas índoles, al ciudadano, como el Palacio de Festivales, el Palacio de Exposiciones o el Palacio de Deportes. Me explico, si bien, muchos -entre los que no faltarán los que ya se han dejado, los que dan por bueno el Moneo, aunque no sepan muy bien por qué ni para qué-, tomarán mi sugerencia a chirigota. Pero ni tan mal, porque para aburrir ya están los políticos. En lugar de una sede espectacular para un gobierno, cuyas consejerías van a seguir diseminadas por la ciudad -no lo digo a humo de pajas- y a la que ningún presidente de la Nación se va a atrever a llegar en un taxi, se deberían dirigir los dineros a la construcción de un circo Palacio del Circo y Atracciones Varias, por ver si los políticos dejan ya de aburrir al personal, que no se diviertan ellos solos. Ya se sabe que el entorno condiciona la actividad. Un Moneo-sede del gobierno augura más aburrimiento; un Moneo-carpa-político-administrativa -ahí es nada- abre una puerta a la alegría, al entretenimiento y, sobre todo, a la ilusión.

Y también es sabido que los circos suelen instalarse en las afueras de las ciudades, a ser posible en un descampado, si lo hay. Y no dejaría de ser un Moneo. ¿No será mucho Moneo para tan poco Gobierno?... reflexionemos antes de gastar más dinero
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Diario Montañés: viernes 20 de Enero 2006

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